MÚSICA DIVINA
“El arte tranquiliza el anhelo de los rebeldes”
(Herbert Marcuse)
Oscuridad. Luces que bailotean por el Luna Park. Y los primeros acordes empiezan a sonar. Y quién iba a decir que yo, que soy de esas personas duras, a la primera de cambio me iba a largar a llorar. Juro y recontra juro que para que yo largue un lagrimón me tienen que torturar cinco horas seguidas (o tiene que perder San Lorenzo, aunque eso ya lo superé, no me quedó otra).
Entonces, apenas se larga la primera canción, toda la energía que fluye por mi cuerpo, brota por los ojos. Es como cuando regás una planta: le echás agua hasta que absorbe todo lo que necesita y luego despide por debajo el excedente. Cuando las primeras frases de Folis Verguet invaden el ambiente, me doy cuenta que él entra en escena.
Es curioso cómo algunos acontecimiento pueden provocar que hagas algo que en otras circunstancias jamás harías o, en este caso, pensarías. Porque no sólo me largo a llorar como esas fans de Ricky Martin que se vos ves en la tele y que mariconean y gritan como locas, sino que además no me queda otra que dejar de lado mi escepticismo testarudo y admitir que hay una fuerza divina que toca a un tipo y le da un don. Porque sino, no me explico cómo alguien, así de la nada, pueda hacerme llorar y volverme religiosa de un momento a otro.
Decía que él está ahí, con un traje blanco, como el que usa dios en las películas yankees. Y como si fuera un imán que lo atrae hacia sí, inmediatamente, casi antes de respirar, él se acerca al piano para hacer eso que hace tan bien. Mientras tanto, yo trato de contener mis lágrimas y atino a limpiarme la cara con las palmas de las manos.
De más está aclarar, que además de moquear un poquito me pongo a cantar. Desde la butaca de la fila siete del pullman lateral, entono la primera canción y la siguiente (una del disco nuevo). Ya con los ojos desbloqueados y con una ínfima lágrima en mi mejilla izquierda que se había atrincherado en ese lugar.
Después el genio nos deleita (a mi y creo que a muchos más de los que estaban ahí) con algunas novedades de Confiá y con muchos de sus clásicos. Es un problema cuando un artista saca un álbum nuevo y lo presenta en concierto, porque la mayoría no nos aprendemos las canciones a tiempo, si hasta él dice Tiempo al tiempo. De todas formas, muchos también nos ponemos las caretas y gesticulamos con lo labios, tratando de pegarle a alguna palabra de la canción. Pero ese no es el caso de la piba que está detrás de mí, que se sabe perfectamente los temas y los canta más precisión que el mismísimo autor.
Y si hay algo que el tipo sabe hacer, entre innumerables cosas, es crear un buen clima. Y qué mejor para eso, que apagar casi todas las luces, darle un descensito a los muchachos de la banda, y tener un momento de intimidad con su amigo más fiel. Calculo que hay pocas fórmulas más eficientes para emocionarme que un solo de piano para Cable a tierra. “Si estás entre volver y no volver, si ya metiste demasiado tu nariz, si estás como segado de poder…” y los ojos se me humedecen otra vez. Y yo lo miro, y lo escucho, y el resto desaparece. Entonces me canta a mí sola, esa canción, esos minutos del recital son sólo míos.
Que no decaiga. Es una regla que él conoce muy bien. Porque después manipular tus sentimientos a diestra y siniestra, te abre las puertas a un circo y te devuelve la alegría. Alegría que es euforia, y es levantarse del asiento, y es mover el cuerpo, y es extender el brazo como en la cancha, y es cantar hasta gritar. “Y los monos están devastando este lugar”.
Ahí te nace el instinto más animal, aquel que sale sin pedir permiso, que se burla de la conciencia y la represión freudiana. Entonces es cuando más te abrís: te abrís en cuerpo y alma a esa música que te hierve los sentidos. Esa música que traspasa el plano del sonido, de lo meramente auditivo. Esa música que te habla y te toca, que se distancia y se acerca hasta percibir su aliento.
Y sólo un genio loco como los de las películas lo puede hacer. Porque si vos enloquecés es porque el también lo hace, o mejor dicho, ya lo hizo hace rato. Y no sólo enloquece, sino que el tipo se divierte. Se le nota en la cara: lo miro en la pantalla y estoy segura que el tipo la está pasando bien. No hay duda que eso se transmite. Porque no sólo dicen las letras, no sólo dice la música, sino que él también dice.
“Algo de vos, llega hasta mí”. Me la tira como para dar el golpe final. Pero evidentemente no se conforma, porque después arranca con Un vestido y un amor y en ese punto quién me calma. Ojo, porque hasta ahí podía esperar y tolerar. Pero que me venga a dar vueltas con La rueda mágica y me asegure que “todos ya nos fuimos de casa, para tocar rock & roll” es demasiado. Este tipo es definitivamente un atrevido. Pero en el fondo tiene razón, todos soñamos e incluso concretamos ese anhelo de abandonar nuestro hogar en busca de un nuevo rumbo, de algún rock & roll.
Y así como rueda la rueda también rueda la vida y ruedan los trapos a lo alto en el Luna Park. Dibujan círculos en el aire al compás de una histórica. En ese instante, donde él termina de exclamar que “yo no se dónde va pero tampoco creo que sepas vos”, pauso en mi mente esa imagen, como una especie de fotografía. Entonces pienso, en una suerte de crítica ética y barata a la sociedad, qué extraño es encontrar hoy en día tantas personas distintas, unidas bajo un mismo manto. Posiblemente, la música sea uno de los pocos masivos que pueda lograr semejante hazaña sin generar enfrentamientos (y en ese sentido, se distancia del fútbol).
“El arte tranquiliza el anhelo de los rebeldes”
(Herbert Marcuse)
Oscuridad. Luces que bailotean por el Luna Park. Y los primeros acordes empiezan a sonar. Y quién iba a decir que yo, que soy de esas personas duras, a la primera de cambio me iba a largar a llorar. Juro y recontra juro que para que yo largue un lagrimón me tienen que torturar cinco horas seguidas (o tiene que perder San Lorenzo, aunque eso ya lo superé, no me quedó otra).
Entonces, apenas se larga la primera canción, toda la energía que fluye por mi cuerpo, brota por los ojos. Es como cuando regás una planta: le echás agua hasta que absorbe todo lo que necesita y luego despide por debajo el excedente. Cuando las primeras frases de Folis Verguet invaden el ambiente, me doy cuenta que él entra en escena.
Es curioso cómo algunos acontecimiento pueden provocar que hagas algo que en otras circunstancias jamás harías o, en este caso, pensarías. Porque no sólo me largo a llorar como esas fans de Ricky Martin que se vos ves en la tele y que mariconean y gritan como locas, sino que además no me queda otra que dejar de lado mi escepticismo testarudo y admitir que hay una fuerza divina que toca a un tipo y le da un don. Porque sino, no me explico cómo alguien, así de la nada, pueda hacerme llorar y volverme religiosa de un momento a otro.
Decía que él está ahí, con un traje blanco, como el que usa dios en las películas yankees. Y como si fuera un imán que lo atrae hacia sí, inmediatamente, casi antes de respirar, él se acerca al piano para hacer eso que hace tan bien. Mientras tanto, yo trato de contener mis lágrimas y atino a limpiarme la cara con las palmas de las manos.
De más está aclarar, que además de moquear un poquito me pongo a cantar. Desde la butaca de la fila siete del pullman lateral, entono la primera canción y la siguiente (una del disco nuevo). Ya con los ojos desbloqueados y con una ínfima lágrima en mi mejilla izquierda que se había atrincherado en ese lugar.
Después el genio nos deleita (a mi y creo que a muchos más de los que estaban ahí) con algunas novedades de Confiá y con muchos de sus clásicos. Es un problema cuando un artista saca un álbum nuevo y lo presenta en concierto, porque la mayoría no nos aprendemos las canciones a tiempo, si hasta él dice Tiempo al tiempo. De todas formas, muchos también nos ponemos las caretas y gesticulamos con lo labios, tratando de pegarle a alguna palabra de la canción. Pero ese no es el caso de la piba que está detrás de mí, que se sabe perfectamente los temas y los canta más precisión que el mismísimo autor.
Y si hay algo que el tipo sabe hacer, entre innumerables cosas, es crear un buen clima. Y qué mejor para eso, que apagar casi todas las luces, darle un descensito a los muchachos de la banda, y tener un momento de intimidad con su amigo más fiel. Calculo que hay pocas fórmulas más eficientes para emocionarme que un solo de piano para Cable a tierra. “Si estás entre volver y no volver, si ya metiste demasiado tu nariz, si estás como segado de poder…” y los ojos se me humedecen otra vez. Y yo lo miro, y lo escucho, y el resto desaparece. Entonces me canta a mí sola, esa canción, esos minutos del recital son sólo míos.
Que no decaiga. Es una regla que él conoce muy bien. Porque después manipular tus sentimientos a diestra y siniestra, te abre las puertas a un circo y te devuelve la alegría. Alegría que es euforia, y es levantarse del asiento, y es mover el cuerpo, y es extender el brazo como en la cancha, y es cantar hasta gritar. “Y los monos están devastando este lugar”.
Ahí te nace el instinto más animal, aquel que sale sin pedir permiso, que se burla de la conciencia y la represión freudiana. Entonces es cuando más te abrís: te abrís en cuerpo y alma a esa música que te hierve los sentidos. Esa música que traspasa el plano del sonido, de lo meramente auditivo. Esa música que te habla y te toca, que se distancia y se acerca hasta percibir su aliento.
Y sólo un genio loco como los de las películas lo puede hacer. Porque si vos enloquecés es porque el también lo hace, o mejor dicho, ya lo hizo hace rato. Y no sólo enloquece, sino que el tipo se divierte. Se le nota en la cara: lo miro en la pantalla y estoy segura que el tipo la está pasando bien. No hay duda que eso se transmite. Porque no sólo dicen las letras, no sólo dice la música, sino que él también dice.
“Algo de vos, llega hasta mí”. Me la tira como para dar el golpe final. Pero evidentemente no se conforma, porque después arranca con Un vestido y un amor y en ese punto quién me calma. Ojo, porque hasta ahí podía esperar y tolerar. Pero que me venga a dar vueltas con La rueda mágica y me asegure que “todos ya nos fuimos de casa, para tocar rock & roll” es demasiado. Este tipo es definitivamente un atrevido. Pero en el fondo tiene razón, todos soñamos e incluso concretamos ese anhelo de abandonar nuestro hogar en busca de un nuevo rumbo, de algún rock & roll.
Y así como rueda la rueda también rueda la vida y ruedan los trapos a lo alto en el Luna Park. Dibujan círculos en el aire al compás de una histórica. En ese instante, donde él termina de exclamar que “yo no se dónde va pero tampoco creo que sepas vos”, pauso en mi mente esa imagen, como una especie de fotografía. Entonces pienso, en una suerte de crítica ética y barata a la sociedad, qué extraño es encontrar hoy en día tantas personas distintas, unidas bajo un mismo manto. Posiblemente, la música sea uno de los pocos masivos que pueda lograr semejante hazaña sin generar enfrentamientos (y en ese sentido, se distancia del fútbol).
Toda luz, siempre proyecta alguna sombra. Y fue una sombra que luego se transforma en oscuridad ese maldito receso, antes del cual fingió que se iba para no volver. Pero como tiene algo de divo, aguarda hasta que el Luna entero aclamara por su regreso, vitoreara su nombre, se anima con algún cantito de cancha (“Olé, olé, olé…”) y hasta entona Y dale alegría a mi corazón al unísono.
Es entonces, cuando el termómetro marca la temperatura próxima al estallido, que él decide regresar con una magistral interpretación de Dar es Dar. Incluso, es tan generoso se entrega en cuerpo y alma a las masas, en un recorrido maratónico por los pasillos de la platea. Es más, hasta abandonó el traje blanco de carácter divino, para volverse terrenal e improvisar un par de jeans, saco rosa y remera: algo más cómodo, total, ya estamos entre amigos.
Después toca alguna que otra canción más. A esta altura el público está descontrolado, entregado definitivamente a los dominios de la música y la genialidad, cuyas riendas manejaba el gran señor. Y hablando de rulos, me encanta ver cómo se mueven con cierto desenfado y mucha candencia, hacia arriba y hacia abajo, y acompañan el ritmo de la cabeza.
Lamentablemente, todo tiene un final. Y él no pudo hacer otra cosa que lo que debía: Mariposa tecnicolor y grito gol el sábado (ya domingo) en el Luna Park. Luces, humo, gritos, cantos, música, rock y a la puta que lo parió.
Herbert Marcuse, allá a fines de los 60, supo decir: “El goce de la felicidad está limitado al instante de un episodio. Pero el instante lleva consigo la amargura de su desaparición.” Y tanta razón tiene en algún sentido, porque todo se diluye cuando el sonido se apaga y él se va, esta vez sí, para no volver. Sin embargo, esa desazón es efímera porque después de salir del estadio, la sonrisa quién me la quita. El cuerpo permanece revolucionado, y la lágrima aún atrincherada en la mejilla.
Es entonces, cuando el termómetro marca la temperatura próxima al estallido, que él decide regresar con una magistral interpretación de Dar es Dar. Incluso, es tan generoso se entrega en cuerpo y alma a las masas, en un recorrido maratónico por los pasillos de la platea. Es más, hasta abandonó el traje blanco de carácter divino, para volverse terrenal e improvisar un par de jeans, saco rosa y remera: algo más cómodo, total, ya estamos entre amigos.
Después toca alguna que otra canción más. A esta altura el público está descontrolado, entregado definitivamente a los dominios de la música y la genialidad, cuyas riendas manejaba el gran señor. Y hablando de rulos, me encanta ver cómo se mueven con cierto desenfado y mucha candencia, hacia arriba y hacia abajo, y acompañan el ritmo de la cabeza.
Lamentablemente, todo tiene un final. Y él no pudo hacer otra cosa que lo que debía: Mariposa tecnicolor y grito gol el sábado (ya domingo) en el Luna Park. Luces, humo, gritos, cantos, música, rock y a la puta que lo parió.
Herbert Marcuse, allá a fines de los 60, supo decir: “El goce de la felicidad está limitado al instante de un episodio. Pero el instante lleva consigo la amargura de su desaparición.” Y tanta razón tiene en algún sentido, porque todo se diluye cuando el sonido se apaga y él se va, esta vez sí, para no volver. Sin embargo, esa desazón es efímera porque después de salir del estadio, la sonrisa quién me la quita. El cuerpo permanece revolucionado, y la lágrima aún atrincherada en la mejilla.
deseo mal escrito.
Nada que envidiarle a Elsa Drucaroff. Una excelente conjunción de música y literatura. Buenísimo el blog chicas!
ResponderEliminarJAJAJJA una fan enloquecida por dios el que lee esto realmente piensa que >Fito es un dios!! que lindo ro y que lindo que aprovechemos este espacio. Beso de mitad de cancha
ResponderEliminarah y una cosa: amo la musica tanto como pusiste vos, creo que es una bandera que une gente, pero tambien divide y genera muertes como el futbol...nadie queda afuera de eso, nada queda afuera de eso nos guste o no
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
ResponderEliminarDos cosas tengo para decir:
ResponderEliminarUno. Aclado que la persona que escribió el primer comentario no es amiga mia jajajajajaja.
Dos. Adriana escribió el segundo comentario? Bueno, sea quien sea tengo algo que aclarar: el/la autor/a es distinto/a del/de la narrador/a, por lo tanto no me hago responsable de lo que el personaje diga, piense o sienta, en definitiva, de sus subjetividades; y cualquier reproche que tengas que hacer se lo hacés a él/ella.
Abrazo.
Ro!
PD: si me preguntás a mi, fito páez es un verdadero genio!!!!!!
sos una exagerada rosariooooo, en ningun momento te reproche nada asi que no exageres. Me parecio hasta tierno ese sentimiento por Fito asiq ue sh
ResponderEliminary soy loli
todo muy lindo todo muy lindo pero dezeo mal escrito... siendo vos quien sos... no pudiste haber dejado afuera el "Cerca rosario siempre estuvo cerca"... jajaja!!!
ResponderEliminarFuera de toda joda... excelente!!!;)